Hacer listas infinitas también es ansiedad.
"La mayor victoria no es conquistar el mundo, es hacer las paces contigo mismo. Porque mientras te declares la guerra a ti, ningún éxito, dinero o aplauso externo podrá darte paz. Y recuerda: para ganar esta batalla… solo tienes que dejar de pelear contra ti."
El pergamino sin fin.
Recuerdo una noche de turno especialmente pesada. Tenía mi libreta abierta y empecé a anotar.
Lo que comenzó como "terminar el reporte" se expandió a "limpiar el correo", "planear la semana", "revisar el capítulo 3", "comprar aquello", "investigar lo otro".
Al final de los diez minutos, tenía una lista de treinta puntos. Miré la hoja y, en lugar de sentirme organizada, sentí un peso físico en los hombros.
Había creado un monstruo que me miraba fijamente desde el escritorio, recordándome todo lo que aún no era y todo lo que aún no había logrado.
El vértigo de la deuda.
La sensación es de un estancamiento acelerado. Es esa frustración de sentir que empiezas el día "debiendo" horas de tu vida.
La lista infinita no te da claridad; te da ruido. Cada punto es una voz gritando por atención, y como no puedes hacer todo a la vez, tu cerebro entra en un bucle de micro-pánico.
Es la ansiedad de quien intenta beber agua de una manguera de incendios: la presión es tanta que terminas por no beber nada y quedarte empapada y exhausta.
El control es una ilusión
Mirando esa lista interminable, me di cuenta de una verdad cruda: Escribir mil tareas es mi forma de intentar controlar un futuro que me asusta.
Me di cuenta de que mi ansiedad me decía que, si lograba anotarlo todo, nada se me escaparía.
Pero la realidad era lo opuesto: al intentar retenerlo todo en papel, estaba soltando mi capacidad de actuar en el presente.
La lista no era una herramienta de productividad, era un síntoma de mi miedo a no ser suficiente.
La lista de los "Tres No-Negociables"
Hice una poda radical. Tiré la lista infinita a la basura y tomé un post-it pequeño.
Decidí que solo podía anotar tres cosas. Solo tres. Si terminaba esas tres, podía elegir una más, pero no antes.
Aprendí a distinguir entre lo "que me gustaría hacer" y lo "que realmente voy a hacer".
Cambié la cantidad por la intención. Si el papel es pequeño, mi ansiedad no tiene espacio para expandirse.
Al final el alivio del "Suficiente"
El resultado fue que, por primera vez en meses, terminé el turno sintiendo que había cumplido. Al tener una meta alcanzable, la parálisis desapareció.
Descubrí que la satisfacción no viene de tachar cien cosas pequeñas, sino de completar las tres que de verdad importan.
Mi mente dejó de correr hacia el ítem número treinta y se quedó conmigo, aquí, en la tarea número uno.
Comentario de Autora:
No confundas una lista larga con una vida productiva. A veces, lo más valiente que puedes hacer por tu salud mental es tachar la mitad de tus pendientes y admitir que, por hoy, haber hecho lo que pudiste es más que suficiente.
Dennoe Han (D.N.).
Historias, poemas, reflexiones y algo más...

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