Cuando la tristeza que llevamos por dentro, nos atrapa en sus redes segadoras, no somos capaz de ver la salida.
Es muy triste no tener a quién contar tus penas en un momento crucial, cuando tu
corazón es oprimido por el dolor, tus labios desean explotar con estupor.
Es doloroso darse cuenta que no tendrás el apoyo que buscas, ese consuelo que
necesitas, y tu alma silente se estremece ante la soledad infinita.
Sentirse sola rompe el alma. Es un frío que entumece la piel en el invierno más cruento; un sol que incinera en el verano más encarnizado.
En esos momentos, anhelas la compañía de quienes te aprecian —esa alegría de la dulce primavera— o simplemente esa mano que solías sostener y que dejaste atrás como una ventisca otoñal.
Hay días en los que sentimos que pertenecemos a un lugar porque somos aceptados y protegidos. Sin embargo, terminas aislándote cuando son más los días en los que te hacen sentir que sobras.
Lo que queda es un alma silente, sumergida en la agonía de su propia pena.
Es devastador convertirse en el blanco de las frustraciones de las personas que amas.
Recibir insultos y ser el detonante de discusiones vacías solo deja heridas profundas, ira comprimida y un perdón que se vuelve cada vez más difícil de encontrar.
A veces, las disculpas no bastan para calmar el dolor que bordea el corazón, dejando a su paso el rastro amargo de un sufrimiento silencioso.
Comentario de Autora:
Con este escrito quiero exponer cuánto cala en el alma: el vacío de la soledad, el peso del silencio; cuando las personas que amamos se convierten en nuestra fuente de dolor.
Así como manifestar la importancia de la salud mental y emocional, el saber poner límites, además de reforzar la idea del "alma silente" que busca consuelo en la naturaleza ante la incomprensión humana.
Dennoe Han (D.N.).
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