Permaneció sentada en las escalinatas de la entrada, a la espera de quien se asomara.
A juzgar por lo que veía los propietarios del lugar debían estar cerca, una gran cacerola humeante estaba puesta en el
fogón. De repente entre el maizal algo se movió.
Aunque no lograba distinguirlo esperó sobrecogida ante la expectativa; hasta que una figura femenina emergió con lentitud, era una
anciana con una sonrisa radiante.
Haciendo gala de su buen carácter, Carmelina sonriente corrió para ayudarla con la
carga.
—Buenos días, buena señora —dijo Carmelina— déjeme ayudarle.
—Buenos días, criatura —replicó la anciana— gracias por tu
ofrecimiento.
—Pasaba por acá y mire sus frutos —expuso ella— la despiadada noche me confundió y me ha traído aqui.
—Yo conozco todos los caminos, —replicó la anciana— ¿A dónde ibas?.
—A la hacienda de mi patrón —respondió con esfuerzo— Don Francisco de la
Fuente.
La anciana soltó una carcajada, al verla vagar en sentido contrario y lo lejos que estaba de su hogar, diciendo:
—Querida, haz venido
en sentido contrario.
—Ña Ana me va a encerrar de nuevo.
El miedo le invadió a Carmelina al pensar en el castigo del cuarto oscuro, pero la mujer, llamada doña Florencia la Consuelo con sabiduría: "Todo Sansón tiene a su dalila, habrá quien la ponga en su lugar".
La noble anciana compadecida por el rugido del estómago de Carmelina, la invitó a pasar.
Fue entonces cuando ocurrió la magia: sobre la chimenea vio el retrato de una mujer hermosa a orillas de un ancho mar, por primera vez sus ojos contemplaban lo que tanto había soñado.
Ella tomó el cuadro en sus manos callosas por el trabajo y lo estrechó contra su pecho entregándose a su imaginación. La noche confabulo a favor de Carmelina, quien amparada por la oscura noche avanzó al destino de sus sueños.
En ese Rincón carmelina sintió una brisa nueva y un aroma que inundó su alma. Buscó una caracola para escuchar el canto del oleaje hasta que una mano en su hombro la trajo de vuelta.
La
sonrisa de la pequeña se torna triste, sólo ella conocía la intensidad de su
deseo por conocer el mar. En su corazón, Carmelina sabía que pertenecía a aquel
lugar, su fantasía de la playa le llenaba de paz y felicidad.
—Carmelina, no debes regresar a ese lugar de dónde has partido, tu felicidad está cerca, ahora
debes seguir tu corazón y encontrar ese lugar soñado.
—¿Por qué lo dice, Doña Florencia?.
—Porque tu rostro se ilumina cuando sueñas con la playa. Un sueño como el tuyo me trajo aquí, y finalmente encontré la paz.
—Mi corazón canta de una manera diferente, es
incontrolable lo que siento.
—Carmelina, nunca dejes de luchar por hacer
realidad tus sueños, porque lograrlo es donde radica la felicidad. Vamos a preparar una
canasta, hoy te llevaré a un lugar que te va encantar.
Esa mañana el corazón de Carmelina floreció como margaritas en primavera, la pequeña estaba feliz su corazón parecía
explotar de tanta dicha. Incluso la risa no se atoraba en su garganta.
Doña
Florencia, también estaba contenta por la compañía, hacia tanto tiempo que
su humilde hogar no se inundaba de risas. Llegó a pensar que esa florecilla silvestre, estaba destinada a llegar a su vida.
Prepararon una canasta con frutas, panes, chocolate, carne seca y agua
fresca. Se acomodaron en una vieja carreta tirada por una mula, comenzaron a subir la colina.
Cuando alcanzaron la tercera colina, un aroma refrescante inundó sus pulmones, sus ojos se
iluminaron cuando un potente zumbido acarició sus oídos: ¡Era él mar!
Menuda sorpresa, emocionada bajo de la carreta y echó a correr con los brazos
abiertos cómo queriendo abrazar la inmensidad que miles de veces había imaginado.
Carmelina lloró de felicidad al sentir el agua tibia bañando sus
pies desnudos. El cantar de las olas era hermoso de lo que jamás pudo idealizar. En ese momento, se fundió en un eterno abrazo con Doña Florencia, quién pasó a ser la madre que nunca se vio soñar.
Dos seres en el mundo,
disfrutaban de intensos días en los brazos de un mar noble y cálido. Carmelina cumplió su sueño, conoció la playa que con sabía calma espero a que ella la descubriera.
Nota de la Autora:
La historia de Carmelina nos recuerda que, a veces, "perderse" es la única forma de encontrarse.
Ella tuvo que dejar atrás la seguridad de lo conocido (aunque fuera una vida de servidumbre) para abrazar la incertidumbre del camino.
Al igual que en nuestros relatos anteriores sobre las limitaciones mentales y el fracaso como impulso, Carmelina nos enseña que el destino no es lo que nos heredan, sino lo que nos atrevemos a buscar.
¿Y tú? ¿Ya te atreviste a caminar hacia tu propia playa?
Dennoe Han. (D.N.)..
Historias, poemas, reflexiones y algo más...


