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MIS HISTORIAS Y LAS TUYAS.

27 de marzo de 2026

Descuido Fatal ... Parte Final

Aquí termina la historia, de un descuido fatal que marco una vida para siempre.

Aunque aún padezco la enfermedad después de ser diagnosticada, aún me sentía terrible pero muchas cosas cambiaron en mi vida... 






Aquel fue mi gran momento de gloria. Ver abrirse la puerta hizo que mi corazón saltara a mi boca, la garganta estaba seca y los pies no querían sostener mi osamenta. 

Con timidez me acerqué a la silla; después de saludar con tristeza, mis lágrimas fueron contenidas por el nudo de mi garganta ante la sonrisa de aquel anciano. 

Bastó un vistazo del dermatólogo, una simple fracciones de segundo para que me diagnosticara con "rosácea", la enfermedad del rostro de mujeres de mediana edad, especialmente aquellas que en adolescencia o juventud jamás sufrieron acné. 

Yo era una de ellas, la ganadora del billete de lotería de las "uno en un millón". Los síntomas eran evidentes: enrojecimiento de (nariz, mejilla, frente, barbilla), ardor al tacto, engrosamiento por vasos capilares y un escozor aterrador.

—"No te preocupes, morena. Te garantizo que en cuatro días todo habrá desaparecido. Tendrás sanas y hermosas mejillas" —dijo el médico esbozando una sonrisa.

Mis oídos se ensordecieron. No podía ser cierto. Se necesitaría un milagro o mucho más tiempo. Llevaba con eso tanto tiempo y él ofrecía cuatro días. Mil cosas se activaron en mi pensamiento; mi lengua se enredaba entre emoción y miedo.

Sus palabras de aliento fueron la grata fuente de sosiego para mi angustia. Una ventana se abrió lentamente, trayendo un rayo de esperanza a la oscuridad que oprimía mi alma.

Tras un profundo suspiro, las palabras fluían con soltura de mi boca. Mis manos se abrieron y mi corazón se recuperaba a medida que avanzaba la conversación. 

En pocos minutos llenamos el historial médico. Una lupa del tamaño de mi cabeza se posó frente a mis mejillas mientras el dermatólogo examinaba mi tejido dañado en extremo. 

La vergüenza se apoderó de mi existencia; mi barriga, en su berrinche, reclamó su comida y odiosos sonidos acrecentaron mi pena.

—Afortunadamente, la infección es superficial. Si hubiese tomado el tejido interno, estarías en problemas —dijo con alivió evidente.

No hizo falta indagar. Rápidamente comprendí que se refería a tumores que con el tiempo podrían desencadenar algo peor. Respiré profundo y agradecí al Padre Celestial por su piedad y misericordia, por no tener aquellos aterradores indicios.

Con poca confianza en obtener resultados en cuatro días, decidí intentarlo. Di la oportunidad a antibióticos desconocidos. Sí, es cierto, abracé la esperanza de sanar; quería confiar en él, debía creer en su palabra. 

Aquella sería la única vez que lo intentaría. Conociendo mis debilidades, tuve claro que si fallaba, la depresión, terquedad y angustia blindarían mi encierro de por vida.

Sin pensarlo demasiado, caminé por doquier buscando la medicina. Revisé cuantas farmacias conocía. Mi estómago se quejaba cada vez con más fuerza, pero la poca voluntad que aún me quedaba no permitía abandonar la búsqueda. 

Estaba resuelta a no volver a casa hasta completar las medicinas requeridas.

El atardecer asomó su hermosura a lo lejos. Miré la hora en mi teléfono y tomé un taxi; pronto oscurecería. Mi madre estaba preocupada; era la cuarta llamada que recibía. 

Para una madre, la edad de sus hijos no importa cuando la preocupación es infinita. La mía era especial; tal vez por ser la única hija entre cinco hermanos, para ella a mis cuarenta seguía siendo su niña.

Temerosa de que mi estómago gruñera feroz pidiendo alimento, al menor movimiento interno apretaba mi barriga evitando que el conductor me viera. 

Respiré profundo al llegar a mi barrio y me dejé caer en el respaldo del asiento trasero. En escasos segundos estaría en la seguridad de mi hogar.

Esa misma noche, antes de instalarme con mi laptop para liberar la creatividad en mi escritura, apunté en mi calendario el inicio de la cuenta regresiva. Seguí las recomendaciones médicas al pie de la letra...

Han de creerlo o no: tanto mi familia como yo quedamos asombrados al segundo día. Mi rostro solo mostró marcas oscuras donde crecieron enormes y asquerosos granos purulentos.

¿Cómo ocultar mi sonrisa y mi felicidad infinita? El dolor se había ido, mi rostro no estaba inflamado. No me importaron las huellas de su existencia; mi rostro estaba libre de puntos rojos. 

Mi espíritu dejó atrás su condena. Por fin podría retomar la vida en el punto donde la había dejado, y las personas volverían a encontrar el camino a mis ojos en las conversaciones futuras.

Hoy, cinco años después de aquellos años de agonía, la vida me recuerda que "la rosácea" forma parte de mi existencia. Por lo tanto, es mi deber mantenerla bajo control para que no se vuelva severa. 

No obstante, en esta ocasión que ha vuelto inesperadamente a mi rostro, afortunadamente sé cómo afrontarla. Ya no me duele el alma, ya no tengo esos días oscuros, y aunque no se irá jamás ya no me afecta que miren mis mejillas y no mis ojos.

Tal vez mi enfermedad no sea terminal; sin embargo, le doy gracias a mi Padre Celestial por mostrar su misericordia de la que no soy digna, pero le estoy muy agradecida


Comentario de Autora:

Un consejo más, hagan todo lo posible para eliminar el estrés de sus días, con visitas a los amigos, salidas programadas en familia, no hagan como yo que me centro en mi trabajo y me olvide de lo demás.
Mi rosácea fue un grito explosivo de mi cuerpo buscando una escapatoria al "ESTRES" que no me saque de mi sistema, así que termine con mi rostro como un queso gruyere. 
La diversión sana y la relajación no está peleada con el diario vivir.


Dennoe Han. (D.N.).


Historias, poemas, reflexiones y algo más...


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